08:27h. Martes, 19 de Junio de 2018

#ELECCIONESCASABLANCA

EEUU: al menos cuatro años de populismo con olor a naftalina

¿Qué hubiera pasado si Jesús Gil hubiera ganado en su día las elecciones españolas?. Que nadie se engañe. Con Donald Tump  no volverá el paraíso perdido de la América profunda de los pioneros y los emprendedores; con él no volverán los valores de la familia, el trabajo duro y el Dios providente.  Tampoco con él lo viejo será sustituido por lo nuevo, ni lo genuino de Norteamérica será actualizado.  Con él tampoco tendremos novedades prometedoras. Tendremos mucho circo mediático, mucho proteccionismo en el peor sentido (protegiendo solamente lo suyo pero agrediendo lo de los demás), bastante moralina de naftalina (que corrompe el sentido más profundo de la religión y apesta de hipocresía), y más poda a los ya raquíticos derechos sociales de los ciudadanos de EEUU.

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Poco antes, John Podesta, el jefe de la campaña electoral democrática, hablaba ante los cientos de personas que se concentraban en el cuartel general de Hillary en Nueva York. "Hillary Clinton ha hecho un trabajo increíble y todavía no está terminado, hablaremos mañana, ahora id todos a dormid". Un mensaje con el que venía a decir que el recuento de votos aún no ha terminado, que el resultado por es demasiado ajustado para que Hillary reconozca públicamente su derrota y que deja la puerta abierta a que los demócratas puedan solicitar una revisión del recuento en algunos estados donde Trump ha ganado por un estrecho margen.

Sin embargo la decisión de la aspirante republicana de guardar por ahora silencio ya está suscitando críticas, porque rompe con la tradición estadounidense según la cual el candidato que pierde las elecciones reconoce públicamente al concluir el recuento de votos su derrota y la victoria de su contrincante. Algunos analistas de hecho consideran que se trata de una falta de respeto hacia la democracia y hacia los millones de estadounidenses que han votado por Trump.

La mayoría silenciosa

Los resultados de Trump parecen confirmar su propia teoría de "la mayoría silenciosa", según la cual en Estados Unidos había una marea de personas que le apoyaba pero que se avergonzaba en los sondeos de confesar su respaldo al candidato republicano. Algo similar a lo que ya ocurrió en el referéndum del Brexit en Gran Bretaña o en el del proceso de paz de Colombia, donde las encuestas fracasaron estrepitosamente al tratar de predecir lo que ocurriría. Y también han patinado en Estados Unidos, donde los últimos sondeos daban una victoria bastante holgada (de unos 3 puntos) a Hillary Clinton que sin embargo no se han cumplido.

Su ideología es un misterio. Igual que su programa. Lo único que está claro es que quiere acabar con la política exterior de alianzas y de apertura comercial que ha seguido ese país desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Trump propugna una política aislacionista en lo político y en lo económico. Trump ha prometido renegociar los acuerdos de libre comercio de EEUU con sus principales socios comerciales. Ha dicho que no cumpliría los compromisos de la OTAN de ayudar militarmente a las repúblicas bálticas si son invadidas por Rusia. Y ha pedido públicamente a Moscú que espíe a sus rivales. En su discurso triunfal en Nueva York en la madrugada del miércoles ha afirmado estar dispuesto a "llevarse bien con todas las naciones dispuestas a llevarse bien con nosotros".

En particular, la postura en inmigración de Trump ha sido una ruptura brutal con lo que los Gobiernos de Estados Unidos han adoptado hasta ahora. El millonario calificó a los ilegales de "violadores" y "criminales", y lleva 176 meses prometiendo que va a construir un muro a lo largo de la frontera con México. Sin embargo, en su breve alocución ante sus seguidres, ya sabiéndose ganador, no ha hecho ni una sola mención al supuesto muro en la frontera de Méxi

Las amenazas y las incógnitas de Trump

Con sus declaraciones en los 17 meses y medio transcurridos desde que anunció su entrada en campaña, Trump ha puesto en cuestión el Estado de Derecho, como cuando declaró que prohibiría la entrada de personas de religión musulmana en Estados Unidos, o que, como presidente, "quitaría de en medio" a las familias de terroristas islámicos, aunque no tengan nada que ver con las acciones de éstos.

Trump también ha amenazado con meter en la cárcel a la propia Hillary Clinton si gana las elecciones, o nombrar un fiscal especial para que investigue a la que ha sido su rival electoral, pese a que no tiene competencia legal para ello. Más áun, el presidente electo de EEUU ha insinuado que podría investigar a líderes empresariales que le han criticado, y que van desde dueños de equipos de fútbol americano hasta el presidente y consejero delegado del gigante de las ventas online y dueño del diario The Washington Post, Jeff Bezos.

La victoria de Donald Trump también constituye un inesperado cierre a la Presidencia de Barack Obama. Después de que el primer presidente negro de la Historia cumpla su segundo mandato, llega una persona que cuenta con el respaldo explícito del Ku Klux Klan. La última vez que ese grupo había apoyado a un candidato a la presidencia fue hace 96 años, en 1920, cuando respaldó a Calvin Coolidge.

Para sus rivales, Trump es sólo un demagogo y un oportunista que ha explotado de manera desvergonzada las desigualdades de EEUU y, en particular, que ha empleado la baza del racismo -incluyendo el antisemitismo- para lograr una movilización masiva de la población blanca contra las minorías hispana, negra, y asiática.

Según esa tesis, el que será el nuevo presidente de Estados Unidos es un empresario fracasado que ha ganado por la mínima cabalgando sobre un ejército de mentiras y que tiene una personalidad narcisista, impulsiva e inestable a la que no se le puede confiar bajo ningún concepto el control sobre el mayor arsenal militar del mundo.

Los seguidores de Trump, por el contrario, ven en él a un líder que va a terminar con un sistema que, dicen, es corrupto, controlado por una oligarquía y diseñado para beneficiar a quienes no se lo merecen. Por ahora, Trump es una incógnita. Es, también, un fenómeno político. Porque ha ganado contra su partido, contra las encuestas, contra los expertos en campañas electorales, contra Wall Street, y contra los medios de comunicación