miércoles, 29 de mayo de 2024 00:29h.

Currante, pobre y puteado

ENS-Sociedad

El aumento de los precios y el estancamiento de los salarios ha hecho aún más evidente la triste realidad del trabajador pobre, además de haber aumentado su número. Son cada vez más los españoles que se tienen que apañar con sueldos que  apenas superan los mil euros al mes, y eso hace  unos años podía servir para ir tirando aunque fuera ajustando a tope. Ahora sencillamente no da para llegar a los últimos días del mes por más malabarismos que se quieran hacer, y es en ese punto donde el trabajador pobre, currante y puteado, choca de bruces con la triste de realidad de pasarse al menos  la mitad de su tiempo trabajando para terminar afrontando  la frustración de los números rojos.

Imagen currante, pobre y puteado
Imagen currante, pobre y puteado

Varios estudios alertan estos días sobre el crecimiento del trabajador pobre, una contradicción en sí misma, pero una realidad creciente. El trabajador pobre es una persona que curra al menos ocho horas al día, posiblemente también algún día del fin de semana, y que no le llega a fin de mes para cubrir las necesidades básicas: la comida, la vivienda, los suministros, el gasto generado por los niños, el seguro del coche o del hogar, ni pensar, por supuesto, en unas vacaciones a pierna suelta ni siquiera en unos días de asueto. Una auténtica vergüenza para cualquier país que se diga civilizado, desarrollado, sostenible.

Los precios suben y no bajan, y los salarios aumentan de forma ridícula en comparación, sin lo hacen.  Hace unos meses, con el estallido de la crisis de Ucrania, la escalada del precio de los combustibles y de la cesta básica de la compra, se habló de la posibilidad de establecer algún tipo de “pacto de rentas” entre empresarios y sindicatos. El asunto sigue pendiente, aún siendo de dudosa efectividad. Hay otros problemas estructurales que no se resuelven y que tienen que ver con la cadena alimentaria, poblada de elementos parasitario, que, por una parte, hacen inviable la vida del agricultor pero también complican sobremanera las cuentas del consumidor medio que cada vez tiene que hacer más encaje de bolillos cuando acude al mercado, pequeño o gran comercio, a llenar la cesta de la compra mientras se le bombardea desde las instancias bienpensantes  con la necesidad imperiosa de la dieta saludable, es decir, la más cara.

En la primera década de este milenio, cuando las vacas gordas campaban a sus anchas por las praderas de nuestro país, se hablaba del mileurismo como algo propio de los jóvenes. El mileurista era un trabajador incipiente que comenzaba su vida laboral con mil euros sin poderse permitir grandes lujos pero con la expectativa de algo más. Luego, tras la crisis financiera del inicio de la segunda década, en torno al año 2010, el mileurismo se fue extendiendo a otro tipo de trabajadores, ya más consolidados. Fue entonces cuando algunos vieron las orejas al lobo y surgieron los movimientos de protesta, como aquí lo que ocurrió en 2011 en la Puerta del Sol en las famosas protestas que pasaron a la historia como 15M, aprovechadas y manipuladas magistralmente por movimientos como Podemos, ahora en fase terminal.

Hoy, con la inflación disparada, el mileurismo es la condena de miles de trabajadores, jóvenes y adultos, que afrontan la mayor de las putadas: currar y no tener para sostener la casa.  Lo de los jóvenes es ya un problema añadido. El veinteañero de este tiempo está renunciando a vivir como sus  padres, salvo las excepciones de los que tienen la suerte de poderse pagar estudios complementarios y caros. El veinteañero medio renuncia a sacarse el carnet de conducir porque tiene la sensación de que nunca podrá adquirir y mantener un coche, y que jamás tendrá una casa en propiedad ni nada de lo que puso un cierto orden y sosiego en la vida de sus padres y también de sus abuelos. Ha asumido que ese tiempo no volverá y de momento es más nihilista que revolucionario, aunque veremos los que pasa en el futuro. Ha decidido que es mejor ponerle buena cara a la mayor de las putadas. Ellos han comprendido que su generación ya crece bajo el signo de la cancelación y que no hay vuelta de hoja:  ni curro estable ni techo ni apartamento en la playa; o seguir en casa de los papas indefinidamente o darse a la vida nómada, carretera y mochila, y poca épica redentora para poner algo de luz sobre unos horizontes que se presentan algo oscuros.

@NuevoSurco

Texto publicado en diarios del grupo Promecal