sábado, 25 de junio de 2022 13:47h.

Guerra relámpago

ENS-Política

Comenzó la guerra en el momento en que no fue viable decir: “Ayuso, lo de arrasar no es mérito tuyo, es mérito de la gaviota”. Guerra relámpago, pierde Casado

Imagen Guerra relámpago
Imagen Guerra relámpago

Había una gran relación humana entre los dos protagonistas de la historia política del momento hace muy poco tiempo. Eran compañeros de partido pero, además, les unía una amistad fuerte, complicidad, objetivos comunes. Dos personas que habían vivido y crecido en el entorno, a veces tan peculiar, del PP de Madrid. Hasta el punto que Isabel Díaz Ayuso fue una apuesta muy personal de Pablo Casado para la Comunidad de Madrid, contra viento y marea, hasta que comenzaron los celos.  Ahora, cuando esa relación está hecha añicos, se dice que lo hizo con la intención de colocar allí a alguien que no le pudiera hacer sombra desde la Puerta del Sol y que la historia le ha salido mal. Lo cierto es que la amistad era fuerte, la que no tenía, por ejemplo, con un José Luis Martínez Almeida que, -pocos lo recuerdan ya-,  aterrizó en el Ayuntamiento de Madrid tras la dimisión de Esperanza Aguirre  para “guardarle el sitio” a Pablo Casado. El Ayuntamiento, se decía, era el lugar adecuado para que se fogueara la joven promesa del PP en lo que Mariano Rajoy se retiraba. Pablo Casado, el gran valor de futuro del PP,  “calentando la banda” desde un lugar con tanta proyección como la alcaldía del consistorio madrileño. Esa venía a ser la idea en el entorno de 2017.  Pero todo se precipitó: la moción de censura que termino con Rajoy tomándose un whisky en el bar cercano al Congreso, las aceleradas primarias del PP, en las que Isabel Díaz Ayuso, entonces un cuadro medio del PP madrileño, lo apostó todo a la candidatura de su amigo movilizando las bases ante la irrupción del sorayismo.

Todo eso ha ocurrido en un plazo de cinco años. Ya casi nadie ni lo recuerda porque nuestra memoria, que es un poco como de anciano, nos da para reconstruir las batallitas de la guerra civil, siempre a gusto del que manda, pero no para ver el contexto más inmediato en el que sucede lo que nos está sucediendo, que es de traca.  Más contexto: Veníamos de las elecciones de Castilla y León donde la victoria del PP fue mínima y la alternativa de pactar con Vox se presenta casi como la única posible. No hubo la esperada revitalización de la marca que permitiera un sonoro “Ayuso, lo de arrasar no es cosa tuya, es mérito de la gaviota”. Entonces comenzó la mayor guerra entre hermanos conocida hasta el momento en la política española posterior a 1978. Guerra relámpago, pierde Casado. Los extremos de la polémica, alrededor del contrato de las mascarillas, ya son por todos conocidos. Pero hay más.

Está el trasfondo ideológico. Los partidarios de Díaz Ayuso quieren un PP dispuesto a dar la batalla a un PSOE, al que se visiona como mutado en “sanchismo”,  con los instrumentos que se tienen a primera mano, es decir, el pacto con Vox. Ayuso lo ha tenido claro en todo momento. Casado no lo ha tenido claro, ha transitado de un lado a otro, continuamente, en un ir y venir incesante y por momentos desconcertante.  La otra visión, más apegada a una idea de partido sin grandes cargas ideológicas,  es la que podría representar Alberto Núñez Feijóo, otro ganador como Ayuso, las dos figuras fuertes en el incierto futuro del PP que ahora coinciden en la necesidad imperiosa de una nueva etapa, acaso una refundación. Ayuso en este momento da vía libre a la candidatura del gallego. En el primer plano, la resistencia numantina de Pablo Casado, ya sin horizonte posible. En el fondo, la inquietante figura de Teodoro García Egea. El “teodorismo”, dicen, ha sido su gran desgracia,  “ese algo intoxicado que le han dado “, como sostiene Díaz Ayuso dejando ver aún los ribetes de la antigua amistad. “Esto está peor que lo de Ucrania”, sostiene José María Aznar. Nos estamos metiendo de lleno en una “partitocracia dispersa y fragmentada”, sentencia Felipe González, que advierte que es poco inteligente reírse de lo del PP porque en juego está la pervivencia de uno de los palos que ha sostenido lo de los últimos cuarenta años. Detrás del naufragio, pronostica, viene el populismo a calzón quitado

Aseguran que Pedro Sánchez se frota las manos en la intimidad.  Algunos aventuran un sanchismo interminable que termine con la foto de una España irreconocible.Vox sueña con la hegemonía en la derecha, ese partido que era una pequeña anécdota hace cinco años, cuando los dos protagonistas de la mayor  guerra entre hermanos gustaban de una amistad sin fisuras y se barajaba la candidatura de Pablo Casado al ayuntamiento de Madrid para que se fuera fogueando antes de afrontar su gran reto. Acaso aquella podría haber sido una experiencia necesaria

@NuevoSurco

Texto publicado en los diarios del Grupo Promecal