viernes, 19 de abril de 2024 00:02h.

Del tiempo polarizado

ENS-Política

Al final, los ciudadanos son las víctimas aunque algunos se empeñen en no enterarse y hacerle el juego al sistema

Imagen del tiempo polarizado
Imagen del tiempo polarizado

La polarización se ha instalado en nuestras vidas como una polilla, o una pandemia moral de gran calado. La polarización es la palabra más repetida y la pandemia más difícil de curar porque contra el reciente Covid la comunidad científica se puso a trabajar a marchas forzadas y al poco, en un tiempo récord, aparecieron varias vacunas capaces de paliar y frenar el mal. Con ellas nos libramos de un apocalipsis, por más que una minoría siga empeñada en sostener que aquello era un engaño y que el remedio fue peor que la enfermedad. La vacuna fue el límite, el punto de inflexión que dobló la curva hacia una cierta normalidad. Hoy la pandemia ya no es tal y es un virus, que se sigue contagiando, sí, pero controlado y con prevención contrastada. Es, finalmente, como una gripe.

Sin embargo, la polarización se extiende como una pandemia imparable y no parece que haya vacuna capaz de ponerla fin. Hay un remedido muy eficaz, la información acompañada de la falta de prejuicios de quien hace uso de ella, pero no estamos en esa tesitura. La información en sentido tradicional está en horas bajas y es sustituida en ocasiones por un serial de noticias, aparentemente verídicas, pero cuyo fin es únicamente contaminar, intoxicar el ambiente, polarizar, que viene a ser lo mismo que alimentar rebaños de ciudadanos, cada uno en su redil, con sus propios prejuicios.

Esa es la materia prima sobre la que se levanta el edificio político que estamos construyendo. Los ciudadanos polarizados son la base imprescindible para la creación de bloques de opinión pétreos e impenetrables. En algunos países distintos al nuestro, pongamos por ejemplo Alemania, los dos grandes partidos del espectro político llevarían años pactando grandes acuerdos, gobernando en cada momento el que resultara más votado. Aquí eso es imposible, aquí llevamos cerca de diez años patinando y alimentando una polarización que va a más porque sin ella sería imposible la política de bloques que padecemos.

Está claro: si para gobernar necesitas crear un bloque que tiende a consolidarse tras distintos procesos electorales, esa división se acaba proyectando sobre la sociedad a la que se obliga a tomar partido y a abandonar las zonas templadas donde acostumbraba habitar. No obstante, también es cierto que hay un número de personas, que aumenta, que tiende simplemente a desconectar. Como mucho, y lo hace con gran esfuerzo, va a votar el día señalado, pero después, sumida en el más absoluto hartazgo, literalmente pasa de lo que ocurre o de lo que pueda decir este o aquel político. Generalmente los que toman esta actitud suelen ser ciudadanos informados y avergonzados del nivel de nuestra clase política. Personas que se niegan a dejarse llevar por la polarización y que ponen el remedido más sencillo: desactivar cualquier tipo de interés por la actualidad, como si no fuera con ellos. Cada vez encuentro a más españoles en este perfil, y son personas con estudios superiores, profesionales que votan a uno u otro de los grandes partidos, de tendencia más progresista o más conservadora, pero que comparten la desidia y la total falta de interés por lo que ofrece cada día la actividad pública. En ese grupo de personas totalmente desconectadas de la política, y ajenas a la polarización, hay también un buen número de jóvenes, sumidos en la precariedad y la falta de expectativas, y al mismo tiempo sin ningún tipo de inquietud política, como si no vieran un punto de conexión entre ese ámbito y el futuro mejor o peor que les pueda aguardar. Por el contrario, enrolando las filas de la polarización, todos esos otros españoles, mayores y jóvenes, mujeres y hombres, dispuestos a empuñar las banderas falsas que ofrece este tiempo convulso, banderas que son como un árbol que impide ver el bosque.

@NuevoSurco

Texto publicado en los diarios del grupo Promecal