18:57h. Martes, 19 de noviembre de 2019

De Franco a la democracia (real)

ENS-Política

Ya no quedan más Francos que volver a enterrar, y la democracia necesita con urgencia abrirse paso otra vez sin que nadie se ponga a ello

Imagen de Franco a la democracia (real)
Imagen de Franco a la democracia (real)

Me gustaría saber que hubiera hecho Berlanga, nuestro gran Luís García-Berlanga,  de haber estado el pasado jueves subido en el helicóptero que trasladó los restos de Franco del Valle de los Caídos al cementerio de Mingorrubio. La película era perfecta pero Berlanga la hubiera sacado más hilos, más flecos, hasta más recoña, más partido, en fin, que Carmen Calvo, la vicepresidenta, a la que le obsesionaba aquella imagen última y final del aparato con “los restos” sobrevolando la gran cruz del valle. Fue la portada del día siguiente en la mayoría de los periódicos pero Carmen Calvo ya la había visualizado bastante antes, quizá con la ayuda de Iván Redondo.  De ahí el empeño de usar helicóptero en lugar de un discreto coche fúnebre transitando un jueves de mañana entre Cuelgamuros y El Pardo. ¿Qué carreteras hubieran sido cortadas? ¿Quién lo hubiera hecho?. ¿Qué tráfico se hubiera entorpecido? Eso en Cataluña.  El helicóptero con “los restos” sobrevolando la gran cruz cuya altura le obsesionaba a Franco tenía mucha fuerza dramática y poso político. Y dentro de aquel aparato, el féretro con la momia del fallecido hace cuarenta y cuatro años, el nieto, Francis Franco, y la ministra Dolores Delgado en calidad de notaria mayor del Reino. ¡Qué tremenda escena!. Ni el sonido de las aspas del helicóptero sería capaz de aliviar el silencio sepulcral reinante en aquel aparato. Petróleo para el gran Berlanga, que desgraciadamente se nos fue.

El caso es que parece que Franco ha muerto por  segunda vez. Dos veces le hemos enterrado ya. La primera solemnemente en funeral presidido por el rey Don Juan Carlos. La segunda en cumplimiento de una ley de Memoria Histórica que a Pedro Sánchez le ha venido como anillo al dedo para rodar una de las más grandes películas electorales y electoralistas jamás vista, aunque los resultados, a tenor de las últimas encuestas, quizá no sean los esperados. Veremos el 10N. Los datos de la EPA vuelven a mostrar los nubarrones que se ciernen sobre nuestro frágil crecimiento. Los sueldos no levantan cabeza. Cataluña es un polvorín enrevesado que hay que apagar de una u otra manera. Las cosas del comer esperan mientras los restos de Franco se adaptan a su nueva ubicación. Las cosas del comer, finalmente, son las que quitan y ponen razones, las que hacen duraderos los gobiernos, las que permiten ganar elecciones. Y aquí sigue habiendo muchas cestas de la compra mermadas y en precario mientras nos seguimos moviendo como pez en el agua en el territorio de lo simbólico.

Comenzó el transito a la democracia disfrutada con el primer entierro de Franco, y hemos llegado a un punto culminante de la llamada “segunda transición” con su segundo entierro. Con una diferencia insalvable: en aquella, el guión hacia la democracia estaba a buen recaudo en la cabeza de algunas personas. En esta otra, no sabemos donde vamos a ir a parar, ni nosotros ni los que deberían tener alguna idea clara sobre el asunto, que para eso les elegimos. Ese es el problema que puede convertirse en un drama, porque ya no  quedan más Francos que volver a enterrar, y la democracia necesita con urgencia abrirse paso otra vez sin que nadie se ponga a ello.

Se comentaba el pasado jueves que la democracia española es un poco más digna con la exhumación. “Más digna, más fuerte, de más calidad…”, decían. Ya, pero “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”, en Cualgamuros o en el Pardo, y aquí seguimos los vivos con una democracia que deja que desear en bastantes aspectos, por más que The Economist nos sitúe entre las veinte democracias más plenas del mundo. Y, sin embargo, ¿dónde están las listas abiertas en la elección de nuestro Poder Legislativo? ¿y la elección de nuestros cargos ejecutivos, -alcaldes y presidentes,- de una forma más directa y menos dependiente de la aritmética parlamentaria?, ¿y ese Senado que no sirve para casi nada y debería ser una cámara de representación territorial?. Todo  podría ser abordado sin cambiar la Constitución, y tendríamos entonces una democracia más digna, pero también más completa y eficaz. Se puede hacer con voluntad política. Hemos enterrado a Franco por segunda vez. ¿No sería ahora el momento? Salvo que prefiramos quedarnos instalados en el espacio de lo simbólico, al margen de lo real, como esas familias que a falta de futuros que diseñar dedican todo su tiempo a colgar en las paredes de sus casas los retratos de los antepasados, o a descolgarlos. Tiempo pasado en cualquier caso.

@NuevoSurco

Texto publicado en Promecal