11:11h. Jueves, 18 de julio de 2019

Ciudadanos y la normalidad de España

ENS-Política

>El partido que vino a ensanchar espacios y poner aire fresco en el denso y contaminado mapa  político español se ha convertido en el maestro de los cerrojos y los precintos, en el gran tejedor de cordones sanitarios, en el instrumento de un líder en su particular batalla por hacerse con el predominio en el centroderecha en un momento en el que lo más útil para los intereses de España, desde una simple y llana visión patriótica de las cosas, sería facilitar un gran bloque central que impida que el independentismo meta sus sucias manos en la gobernación del país. Lo más útil sería facilitar un periodo de reformas, con una ambiciosa agenda social, que apuntalen definitivamente el edificio que los españoles construyeron como casa espaciosa y habitable para todos hace más de cuarenta años. Ese sería el éxito, se ponga Rivera como se ponga, aunque ese éxito se lleve por delante su ambición personal.

>Sería lo normal en un país democrático, pero tan normal como que nadie se siente a negociar investiduras con grupos políticos de raigambre totalitaria que en algunos casos han dado cobertura política al terrorismo y al tiro en la nuca hasta anteayer. Arrancar de esos grupos, por más que sean fuerza política importante en su territorio, una abstención no deja de ser una extraña concesión a la anormalidad. Tanto como que un partido que se declara centrista, y que ha presumido en algunos momentos de vocación progresista, ni siquiera se siente a hablar con el PSOE.

Imagen Ciudadanos y la normalidad
Imagen Ciudadanos y la normalidad

La España de los pactos se tiñe de naranja polémico, discutido y discutible, desde que Albert Rivera se ha enrocado en su posición. En realidad eso ocurrió la misma noche electoral, cuando el líder de Ciudadanos comentó sus resultados y lo primero que salió de su boca fue: “Sánchez va a pactar con independentistas y populistas y aquí estamos nosotros para impedirlo”. ¡La misma noche electoral!, antes de que ocurriera nada, y por si acaso al presidente del Gobierno en funciones se le ocurre otra cosa, Rivera no acude a las reuniones con Sánchez en Moncloa, no vaya a ser que se rompa el guion inicial. En esas estamos. El partido que vino a ensanchar espacios y poner aire fresco en el denso y contaminado mapa  político español se ha convertido en el maestro de los cerrojos y los precintos, en el gran tejedor de cordones sanitarios, en el instrumento de un líder en su particular batalla por hacerse con el predominio en el centroderecha en un momento en el que lo más útil para los intereses de España, desde una simple y llana visión patriótica de las cosas, sería facilitar un gran bloque central que impida que el independentismo meta sus sucias manos en la gobernación del país. Lo más útil sería facilitar un periodo de reformas, con una ambiciosa agenda social, que apuntalen definitivamente el edificio que los españoles construyeron como casa espaciosa y habitable para todos hace más de cuarenta años. Ese sería el éxito, se ponga Rivera como se ponga, aunque ese éxito se lleve por delante su ambición personal.

 Lo normal en un país democrático, pero tan normal como que nadie se siente a negociar investiduras con grupos políticos de raigambre totalitaria que en algunos casos han dado cobertura política al terrorismo y al tiro en la nuca hasta anteayer. Arrancar de esos grupos, por más que sean fuerza política importante en su territorio, una abstención no deja de ser una extraña concesión a la anormalidad. Tanto como que un partido que se declara centrista, y que ha presumido en algunos momentos de vocación progresista, ni siquiera se siente a hablar con el PSOE.

De manera que estamos en un país plagado de anormalidades que difícilmente pueden ser entendidas. Bildu participa en homenajes a asesinos etarras pero no deja de estar en una agenda de contactos para lograr una investidura. El independentismo catalán sigue haciendo de las suyas, considerando una “falta leve” que una niña sea zarandeada por una docente en un colegio catalán por dibujar una bandera de España pero no deja de estar incluido en la agenda de contactos. El independentismo catalán y vasco tienen una intención totalitaria que lleva directamente a laminar la libertad de los vascos y catalanes que no se integran en el coro. En cualquier país normal, este tipo de partidos no condicionarían lo  más mínimo la investidura de un presidente.

En cualquier país normal, un partido que dijo venir a regenerar y a ampliar horizontes, combatiendo en primer lugar al independentismo totalitario que machaca las libertades con su falsa “revolución de las sonrisas”, abriría sus puertas a un pacto  con una fuerza socialdemócrata que creara una gran autovía central lo suficientemente larga como para consolidar todo lo conseguido. En ningún país normal el líder de su partido proclamaría solemnemente desde el minuto 1 cual es el esquema y el camino a seguir,  el resultado final, sin sentarse con nadie, sin hablar con las partes concernidas en el tablero de los pactos, respondiendo única y exclusivamente a una estrategia personal, a una brújula íntima y a una ambición individual.

La marcha de Ciudadanos de Tony Roldán y Javier Nart no hacen más que poner de manifiesto la profunda fractura entre un proyecto inicial que pretendía ser transversal y el instrumento en que se ha convertido ahora, solamente al servicio de su líder, con alguna excepción que confirma la regla, que es lo que ha ocurrido en Castilla-La Mancha donde Emiliano García-Page ha conseguido desactivar a Podemos y también, -el tiempo lo confirmará,- a Ciudadanos. En un plazo de tiempo no demasiado largo algo parecido ocurrirá en toda España con los dos partidos de la nueva hornada, poniendo de manifiesto el gran fiasco de los que proclamaron a los cuatro vientos las bondades de la nueva política.

@Nuevosurco

Texto publicado en grupo Promecal