16:26h. Viernes, 21 de Septiembre de 2018

Radiografía del olfato

¿Cuántas veces un olor ha traído a tu memoria un recuerdo lejano?

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Gemma Lozano en Yorokubo/  El aroma y sabor que desprendía aquel trozo de magdalena mojado en té retrotrajo a Marcel Proust a su infancia y a los días que pasaba en casa de su tía Leonie. El escritor narraba su experiencia sensorial en En busca del tiempo perdido a sabiendas de que la mayoría de los lectores sabrían a lo que se refería porque, sin duda, habrían experimentando algo similar en algún momento de sus vidas. Fue esa capacidad de conectar con nuestra memoria y emociones lo que llevó a otra escritora, Hellen Keller, a describir al olfato como «un hechicero poderoso que nos transporta miles de kilómetros y hacia todos los años que hemos vivido».

Aunque lo del olfato no es magia. El más primitivo de nuestros sentidos dispone de la capacidad de evocar imágenes y sensaciones al formar parte del sistema límbico, también llamado cerebro emocional. «La información olfativa se procesa en la corteza olfatoria primaria que tiene una conexión directa con la amígdala y el hipocampo. La amígdala está relacionada con la memoria emocional y el hipocampo se encarga de la memoria y el aprendizaje, por lo que ambos tienen un potencial enorme para evocar recuerdos». Laura López-Mascaraque y José Ramón Alonso puntualizan en este punto que los recuerdos asociados a los olores no lo son tanto a hechos en sí como a las emociones que esos olores pudieran haber provocado.

Tanto la científica del CSIC como el catedrático de Biología Celular inciden en el poder emocional del olfato. «Puede cambiar nuestro humor, despertar emociones o evocar recuerdos, por lo que el olfato tiene unas implicaciones sociales y emocionales muy importantes». Incluso el propio desarrollo de la especie humana no hubiera sido viable de no ser por la agudeza olfativa de nuestros ancestros. En libro El olfato, publicado por Los libros de la Catarata y que firman ambos, López-Mascaraque y Alonso, lo explican así: «Los individuos con la habilidad para distinguir a los parientes de los que no lo son pueden haber tenido mayores índices de supervivencia y de reproducción exitosa, aspectos clave del éxito evolutivo».

La huella aromática de cada individuo está formada por componentes, algunos fijos y otros variables, que aportan información sobre su sexo, edad, incluso estatus reproductivo o salud. Los bebés son capaces de identificar a su madre por el olor y ella puede reconocer a su hijo con olfatear una prenda suya, aunque solo la haya utilizado unos pocos minutos. Los autores del libro hablan de algo así como un «olor de clan», al referirse a las señales olfatorias ligadas a ciertos grados de consanguineidad.

La elección de pareja es otra de esas situaciones en las que el olfato resulta fundamental. Algunos estudios demuestran que las mujeres prefieren hombres cuyo CMH (o Complejo Mayor de Histocompatibilidad, un grupo de proteínas y genes que intervienen en el reconocimiento olfativo) se asemeje menos al suyo. Incluso nuestra sensibilidad olfatoria puede afectar a determinados comportamientos del día a día. Así, las personas menos sensibles suelen situarse a menos centímetros de sus interlocutores de lo que lo hacen los que disponen de una mayor sensibilidad olfativa (a los primeros, Jerry Seinfeld les denominaba close talkers en uno de los capítulos de su serie).

Pero pese a lo útil que puede resultar la información que nos aporta, rechazamos el olor corporal al asociarlo a algo desagradable como la falta de higiene o el descuido personal. «Lo que es curioso es que, mientras la mayoría de los mamíferos muestran un gran interés por la información proporcionada por los olores individuales de sus congéneres, nosotros consideramos el olor natural algo inútil y prescindible y hacemos un considerable esfuerzo, tanto de tiempo como de dinero, para librarnos de él».

Por eso lavamos nuestra piel y nuestra ropa, usamos desodorante e incluso nos depilamos, evitando así que el pelo difunda la actividad de las bacterias que producen olores en las zonas más odorantes de nuestro cuerpo. Después, paradójicamente, pagamos precios a veces exorbitados por perfumes que contienen sustancias sexualmente atrayentes de ciervos, civetas o castores. «Hay quien piensa que el hecho de que algunos de los aromas más sofisticados y caros contengan notas que provienen de regiones urinarias o perigenitales es un recuerdo de cuando las feromonas eran importantes para nuestra especie».

Los autores del libro hablan en pasado, de un tiempo muy muy lejano. «Dejamos de darnos cuenta de la importancia del olfato cuando los humanos adoptamos la postura erguida que nos alejó nuestra nariz de la tierra donde están los aromas más intensos y donde se originan la mayor parte de los olores», puntualiza López-Mascaraque.

Desde entonces, el olfato pasó a ser un sentido casi «de segunda» para las personas. «Está infravalorado. En humanos se han desarrollado otros sentidos como consecuencia de la adaptación al medio, e indiscutiblemente no puede compararse con la vista o el oído». Tan secundario es el papel al que se ha relegado al olfato que no hemos llegado a desarrollar un vocabulario apropiado para describirlo. En Una historia natural de los sentidos, Diane Ackerman explica que «existen nombres para toda una gama de matices de colores, pero ninguno para los tonos y los tintes de un olor». «Es difícil verbalizar los olores ya que no le prestamos ninguna atención en la vida diaria», añade la coautora de El olfato.

Eso pese a que sin olor no hay sabor. Perder el olfato es olvidarse de la posibilidad de disfrutar de uno de los grandes placeres de la vida: la comida. De ahí que la alimentación sea uno de los pocos ámbitos que le ha dado al olfato la relevancia que se merece. ¿Qué sería del vino sin sus compuestos aromáticos? ¿O de esas pastelerías o tahonas sin el aroma que desprenden de sus hornos? Tan importante es el olor para este tipo de negocios que algunos disponen de sus propios trucos más o menos cuestionables.

Es el caso de una famosa tienda de comestibles de Brooklyn que, en 2011, provocó una pequeña conmoción en el vecindario cuando la prensa se hizo eco de que aquel olor irresistible a pan y chocolate que emanaba del establecimiento no lo producían sus productos. Era artificial.

La tienda neoyorquina no es la única que ha decidido recurrir al olfato para atraer clientes. En los últimos tiempos, son varias las marcas que lo han incluido en sus estrategias de marketing. «La promoción de productos, la publicidad y el branding se han basado de forma exclusiva en la vista y el oído, lo que hace que estos dos sentidos estén saturados y se vea el olfato como un mundo virgen, aún sin explorar y donde quizá se pueda conseguir esa ventaja competitiva».

En el olfato tienen también puestas sus esperanzas otros ámbitos como el de la criminalística. En un futuro es probable que el patrón aromático, compuesto por secreciones de la piel, flora bacteriana, así como otras procedentes de la toma de medicamentos, alimentos, perfumes, etc., pueda utilizarse para la identificación personal. Algo así como una huella olfativa similar a la dactilar.

También la medicina, que durante siglos apostó por el olor como herramienta para el diagnóstico de enfermedades (en El olfato se recoge el caso de Landré-Beauviaus, que recomendaba a los médicos recordar los olores tanto de los cuerpos sanos como de los enfermos a fin de crear una especie de tabla olfativa de patologías) vuelve a fijar su atención en este sentido. Son ya varios las investigaciones sobre cáncer de pulmón que tratan de conseguir un diagnóstico precoz de la enfermedad mediante compuestos exhalados a través del aliento. Y son varios los hospitales que utilizan perros capaces de detectar distintos tipos tumores a partir del olor de las heces o el aliento de los enfermos.

«Es difícil pensar que los humanos vamos a volver a utilizar el olfato como nuestros antepasados. Pero sí es cierto que cada vez existe una relación más estrecha entre lo que olemos y cómo nos sentimos. El hecho de que trastornos del olfato puedan ser una señal temprana de fases precoces de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o  el Parkinson al menos hará que el estudio del sentido del olfato se le de la importancia que merece», concluye López-Mascaraque.