05:48h. Lunes, 21 de octubre de 2019

Decidir no tener hijos

Yorokobu-Sergio Parra

Nada consume más carbono como un humano del primer mundo. Y, aun así, usted creó a uno. ¿Por qué? Producirá 515 toneladas de carbono durante su vida. Eso equivale a cuarenta camiones. Tenerle a él es el equivalente a casi 6.500 vuelos a París. Podría haber volado 90 veces al año, ida y vuelta, casi cada semana de su vida, y todavía no tendría el mismo impacto en el planeta que su nacimiento. Por no mencionar los pesticidas, detergentes, la enorme cantidad de plásticos, los combustibles nucleares usados para mantenerle caliente. Su nacimiento fue un acto egoísta.

Imagen decidir no tener hijos
Imagen decidir no tener hijos

Ya sea porque nos genera desconfianza, porque desafía el sentido de la vida o porque pone en evidencia el acuerdo social de que reproducirse es algo que debemos celebrar y hasta fomentar, quienes deciden no tener hijos pueden ser objeto de duras críticas e incluso ser tachadas de personas poco fiables porque se irían de cañas con Herodes.

Es el caso, por ejemplo, de la periodista experta en tecnología Holly Brockwell, que solicitó ser esterilizada por el servicio público británico.

CONTAMINA Y NO TE HACE FELIZ

En la introducción del último capítulo de la segunda temporada de la serie británica Utopía, un siniestro personaje desliza el siguiente speech a una madre que ondea la bandera del ecologismo flower power (que incluso prefiere viajar en autobús antes que volar para proteger el medio ambiente):

Acto seguido, el personaje siniestro le ofrece la posibilidad de rajar el cuello al niño para actuar en consecuencia. Obviamente, estamos ante un psicópata. Sin embargo, en su razonamiento subyacen datos que son ciertos.

Tener hijos aumenta exponencialmente la huella de carbono en el planeta y también es un acto egoísta en esencia: nadie tiene hijos a regañadientes o sintiéndose un mártir por mor de la supervivencia de la especie humana. Lo hace porque lo desea, porque anhela la felicidad de otras personas que ya son padres y no dejan de mostrar las fotos de sus retoños en Facebook.

Otras series de televisión, como Big Little Lies, ya se atreven también a desgranar las dichas y las tragedias de la maternidad. ¿Entonces? ¿Por qué no tener hijos suscita más críticas y cejas enarcadas que tenerlos?

Más aún: tener hijos, a la luz de un nuevo estudioni siquiera nos hace más felices. Es como comprar un coche muy caro, que en principio puede parecer una idea muy atractiva, pero que luego supone un gasto suntuoso que no queda compensado con las pocas alegrías que proporciona.

Peor aún: alrededor del 30% de los encuestados se mantuvo en el mismo estado de felicidad o mejor una vez que tuvieron el bebé, pero el 70% informó de que su felicidad disminuyó durante el primer y segundo año después del nacimiento del bebé. Casi la mitad de este porcentaje incluso sintió una reducción de felicidad pareja a la de perder un trabajo.

Señalar datos como que tener hijos contamina y que, estadísticamente, nos hace más infelices parece que esté revestido de varias capas de tabú, suspiros de indignación y hasta reacciones violentas, como si se estuviera manipulando alegremente un mecanismo termonuclear.

Tal vez, poner en duda la reproducción humana pudiera poner en riesgo nuestra supervivencia como especie, pero ese temor no debería estar ni siquiera esbozado en el horizonte si tenemos en cuenta que nacen 180 bebés por minuto. Cada minuto. 180. La población mundial ha pasado de los casi 1.000 millones de habitantes que había en 1800 a los más de 6.000 millones en el año 2000. En 2011, 7.000 millones. En 2017, 7.350 millones de habitantes.

Estamos creciendo exponencialmente. Los recursos escasean. La superpoblación es un miedo que se lleva alentando desde hace más de cinco décadas. De hecho, una investigación japonesaya ha creado células germinales humanas a partir de sangre de mujer, de modo que quienes tengan útero podrán reproducirse sin necesidad de un varón; y pronto podremos reproducirnos en un laboratorio y crear todas las personas que se necesiten. Suponer que contar lo malo de tener hijos podría condenarnos a la extinción sería ciertamente surrealista. Tiene que haber otra cosa. Y, de hecho, la hay.

GRUPOS Y ENDOGRUPOS

Según explica Dean Burnett en su libro El cerebro feliz, «las expectativas de la sociedad son factores muy poderosos y es fácil que se interpongan en el camino hacia la felicidad individual». Solo así se explica que alguien en su sano juicio se calce unos zapatos de tacón kilométrico o se entregue a jornadas maratonianas de trabajo a cambio de recibir una simple palmadita en la espalda.

Como nuestros comportamientos y preferencias están moldeados de forma indisociable tanto por la cultura como por la biología, la inclinación a tener hijos no solo se funda en la presión del medio social, sino también en la circuitería de nuestro cerebro, moldeada por presiones evolutivas como «la tendencia a sentir afecto y felicidad y a estar motivados para comportarnos cariñosamente con cualquier cosa que se asemeje, ni que sea de lejos, a un bebé humano; de ahí que llenemos nuestras casas de cachorros, gatitos y otras mascotas con cabezas y ojos grandes, y personalidades aparentemente infantiles».

Pero la biología a veces no opera de esta manera en todos los humanos. Al igual que nacen personas daltónicas, o cualquier ejemplo de neurodiversidad, hay quienes no sienten la presión evolutiva de tener hijos. Solo la presión social. Son personas como Holly Brockwell, fundadora y editora sobre tecnología de Gadgette. Brockwell llamó la atención a miles de personas cuando puso en marcha una campaña a fin de persuadir al servicio público de salud británico (NHS) de que sufragara su esterilización quirúrgica.

Finalmente, Brockwell logró ser estéril: en sus planes futuros ya no estaba tener hijos y estaba tan convencida de ello que no le importaba someterse a una operación irreversible como aquella. Esa idea resultó ser muy indigesta para muchos, y Brockwell recibió un aluvión de críticas, algunas verdaderamente sangrantes. Como que le faltaba humanidad. Que se arrepentiría. Que era una psicópata. Por eso, Brockwell ha tenido que hacer un gran esfuerzo para aclarar un matiz obvio o irrelevante: que no odia a los niños, sino que simplemente no quiere tener hijos.

Sin embargo, ¿por qué personas que no conocen de nada a Brockwell se enfadan con la decisión de Brockwell? Por la misma razón por la que otros se enervan frente a las personas que comunican abiertamente ser homosexuales. Se pone en marcha el llamado sesgo endogrupal: criticamos a los que no son como nosotros para reafirmar nuestras decisiones y creencias, así como las decisiones y creencias del grupo de personas al que pertenecemos. Este comportamiento puede tener efectos psicológicos beneficiosos de identidad singular, y es el fundamento de las religiones, las sectas y las modas.

Cuando alguien se sale de la norma, pone en evidencia el gregarismo reinante. Porque solo las notas discordantes nos recuerdan la uniformidad en la que vivimos. Por esa razón, hay individuos que se sienten felices atacando las decisiones personales de los demás. Sobre todo si son decisiones que no se suelen tomar a nuestro alrededor.

Otros, además de sentirse felices atacando a los demás, quizá consideran que es lo justo, que están haciendo el bien si evitan que el prójimo cometa un error imperdonable, como un predicador cristiano callejero cuando suelta una arenga contra un pecador. Y, entonces, quienes desean que tengamos hijos empiezan a comportarse de forma inquietantemente similar al siniestro personaje de Utopía que cuestiona la decisión de no tenerlos y deslizan ideas que, al menos metafóricamente, nos recuerdan la sugerencia de rajarle el cuello al niño para suprimir su altísima huella medioambiental.