sábado, 25 de junio de 2022 18:06h.

Nadal y España

ENS-Actualidad

Nadal recoge, llevándola a la máxima cumbre, la tradición deportiva española de héroes cargados de épica y pundonor que vacían su alma en un terreno de competición

Imagen Nadal y España
Imagen Nadal y España

Cuando Rafael Nadal llegó al mundo en 1986 España andaba muy aplicada en eso de prepararse bien para albergar los juegos olímpicos de 1992 en Barcelona. La preparación, exhaustiva, planificada, con una gran inversión de dinero y entusiasmo colectivo, dio buen resultado y nuestro país pudo dar  en aquel acontecimiento un salto cualitativo que nos colocó en el panorama del deporte mundial con una cierta relevancia. Atrás quedaban los años de la sequía total en los que el paso de España por los juegos olímpicos era prácticamente irrelevante hasta el punto que ni siquiera alcanzaba a veces la categoría de anecdótica, por supuesto sin quitar ni un gramo del gran mérito que suponía la proeza de lograr alguna medalla de vez en cuando.  Eran años en los que lo que se ventilaba eran asuntos más primarios que el ser más o menos brillantes en una competición deportiva, años en los que nuestro brillo deportivo, al margen de la siempre escasísima cosecha olímpica,  se lo debíamos a llaneros solitarios dotados de un pundonor inigualable y un afán de superación épico: un Federico Martín Bahamontes, que comenzó con una bicicleta desvencijada subiendo  la Cuesta de  Armas de Toledo,  un Manolo Santana, que se aficionó a la raqueta haciendo de recogepelotas en las instalaciones del Club de Tenis Velázquez, un Seve Ballesteros, que desde su condición humilde y  los sugerentes prados de Cantabria llegó a la cumbre de un deporte muy elitista en aquella época, un Ángel Nieto, que se enamoró del rugido del motor en un taller mecánico del madrileño barrio de Vallecas al que acudió a buscarse la vida. Héroes absolutos que fueron con su historia solitaria y épica nuestros puntales a nivel internacional en aquella época, ellos y el eterno Real Madrid.

Lo de Rafa Nadal es otra época, otra historia y un país muy distinto, aunque el recientemente coronado como campeón del Open de Australia y, con sus 21 Grand Slam como el mejor tenista de todos los tiempos, también recoge esa tradición tan nuestra de héroes cargados de fuerza voluntad, vencedores solitarios contra todos los elementos, almas orgullosas dispuestas a vaciarse por completo en el terreno de juego de una competición que para ellos es en ese momento la vida entera. Nadal reconoce que ya casi no recuerda como es jugar un partido sin dolor, con solamente treinta y cinco años ha forzado la maquinaria de su cuerpo hasta extremos inauditos, cinco meses antes del Open de Australia estaba pegado a unas muletas planteándose seriamente si su cuerpo podría aguantar algún torneo más. Ahora confía en que le queda otro rato de jugar al máximo nivel, y a nosotros de disfrutarlo, sabiendo que todo ya es un puro regalo de una persona que ha sobrepasado todos los límites del éxito.

Porque en una época especialmente  nutrida de chisgarabís, y algunos encumbrados a las más altas cumbres, lo de Nadal no deja de ser un punto de reconciliación con la admiración hacia el éxito merecido y fundado, trabajado y sudado a base de constancia y  capacidad de aprendizaje. Cuando Rafa Nadal ganó sus primeros torneos, como aquella “cuervera”  en el Trofeo Ciudad de Albacete de 2003 que ahora se recuerda en videos que circulan sin parar por redes sociales, todos pensaron que era un integrante más, si acaso algo aventajado, de la armada española de tenistas excepcionales en tierra batida, como Sergi Bruguera, Álex Corretja, Juan Carlos Ferrero o Carlos Moyá. Como algunos de su propia generación: Feliciano López o Fernando Verdasco. A eso parecía destinado el mallorquín. Su saque no era demasiado sobresaliente para ganar Wimbledon y sobre todo se defendía muy bien en el fondo de la pista. Con mucho esfuerzo, -se pensó-, podría lograr la proeza de ganar algún Roland Garros como sus mejores predecesores españoles, o quizá alguno más. A día de hoy  cuenta  con trece trofeos en la tierra batida de París, algo que difícilmente podrá alcanzar nadie nunca (el siguiente en el escalafón es el mítico Björn Borg con seis), y de los otros Grand Slam tiene al menos dos. Es con todo derecho el mejor tenista de la historia por no rendirse nunca, por tener una fortaleza mental descomunal, y por su actitud ante la vida. John  MacEnroe ha dicho de él: “Rafa Nadal es el campeón más humilde y con mayor elegancia moral de todos los atletas que conozco en cualquier deporte”. Y ha sabido encarnar por completo, -añado-,  todo lo que sugiere aquel If de Kipling que Nadal podría haber llevado guardado en su mochila de raquetas.

@NuevoSurco

Texto publicado en los diarios del grupo Promecal