21:57h. Lunes, 16 de septiembre de 2019

Pablo Casado y el discurso triangular

ENS-Politica

La nueva política tiende a la transversalidad, ampliando nichos electorales, buscando las estancias más amplias donde acomodar un proyecto ganador, ensanchar territorios acotándolos desde vértices genéricos en los que casi todos se sientan concernidos: triangular, en definitiva. La nueva política triangula con vocación de ser mayoritaria.

pablo casado
pablo casado

Es un hecho más que comprobado que la nueva política tiende a buscar la transversalidad, ampliando nichos electorales, buscando las estancias más amplias donde acomodar un proyecto ganador, ensanchar territorios acotándolos desde vértices genéricos en los que casi todos se sientan concernidos: triangular, en definitiva. La nueva política triangula con vocación de ser mayoritaria. El recientemente elegido presidente del PP, Pablo Casado, al que se le sitúa en el ala más derechista de su partido, tiene, en cambio, a tenor de sus primeros discursos, una intención clara de buscar un relato de amplitud dotándolo de una cierta coherencia. Basta con analizar lo que fue su alocución a los compromisarios de su partido antes de las votaciones definitivas. Además de un discurso fundamentalmente emocional destinado a producir cosquilleo en su auditorio,  desde el punto de vista conceptual estaba impregnado de ese deseo de triangulación, eso sí, partiendo de posiciones típicas liberal-conservadoras que no todos en su partido defienden con el mismo ahínco.

Siguiendo algún texto reciente de Toni Timoner y Luis Quiroga, en lo que ellos denominan el “trilema” político español de este momento el eje derecha-izquierda carece de importancia frente a otro que estaría formado por los tres vértices de “nación”, “estado” (entendido como administración), “sociedad”, y el posicionamiento político estaría definido por la cantidad de energía que un partido o actor político pone  en cada uno de ellos. En el caso del PP al que parece apuntar Pablo Casado, partiendo de una defensa acérrima de la nación española y de la idea de que su partido es el que mejor administra o gestiona las cosas del común, hay una pretensión de bascular hacia el concepto de “sociedad” mediante un llamamiento con fondo emocional a lo que ha denominado “la España que madruga”, clases medias en sentido genérico, autónomos, estudiantes, pensionistas, mujeres que reclaman una total igualdad de oportunidades. Así lo manifestó, enumerando uno por uno a estos destinatarios, a los que también hizo participes de “la España de los balcones” que  airea con orgullo la bandera de todos ante el riesgo de ruptura nacional. El discurso de Casado está pensado y pautado hasta el punto de querer integrar en ese nuevo paradigma del centro-derecha la defensa de ideas como “la familia y la vida”, olvidadas en los tiempos de gestión tecnocrática, concluyendo que su reivindicación no es “ni de derechas ni de izquierdas”. El deseo de triangulación típico de la nueva política es completo, en el caso del nuevo líder del PP, en el campo acotado por los vértices “nación”, “estado”, “sociedad”.

Sin embargo, antes que por estos tres conceptos, el momento actual de España está totalmente condicionado por el eje nuevo-viejo. Casado ha sabido explotar a la perfección su cualidad de joven representativo de la novedad que reclama la política española en general y su partido en particular. Y lo cierto es que, con su incorporación, podemos dar por completado el cuadro de dirigentes de este nuevo tiempo, esta suerte de segunda transición a cuya cabeza está en primer lugar un nuevo Jefe de Estado. En cierto sentido, tomando como referencia el valor “cambio generacional”, Mariano Rajoy era una anomalía si bien puede retirarse de la política con la satisfacción de que ninguno de sus jóvenes contrincantes ha conseguido mandarle a casa por medio de una victoria en las urnas, refrendada en la voluntad inequívoca de los ciudadanos mediante elecciones generales. Pero con la marcha de Rajoy y la incorporación de Casado al cuadro de dirigentes, todos comparten ya el valor generacional de haber crecido en democracia de manera que para todos ellos el franquismo es algo no vivido o a lo sumo, si incluimos al propio Felipe VI, un muy vago recuerdo de la primera infancia. Es un hecho que marca, del mismo modo que a algunos de los grandes protagonistas de la Transición les marcó que no habían participado activamente en la guerra civil.  Personas como Adolfo Suárez o Felipe González no combatieron en aquella tragedia nacional. Y mirando el panorama desde esta perspectiva de lo que comparten generacionalmente nuestros nuevos representantes, no deja de llamar la atención que Franco ocupe tanto espacio en la agenda.

Javier-López @NuevoSurco

Texto publicado en Grupo Promecal